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Maria Muñiz: El Mediterráneo, un mar convulso lleno de retos y ¿oportunidades?

8 mars 2011

La ampliación de la UE a los países del centro  y el este de Europa, que culminó en el año 2007 con la adhesión en dos tandas de 10 nuevos países, supuso entre otras cosas una reorientación del mapa de intereses exteriores de la UE. América Latina y el Mediterráneo, que con el ingreso de España y Portugal habían encontrado tardíamente su lugar al sol en la acción exterior de la UE, volvieron a ser relegados a un segundo plano en beneficio de los países de la vecindad oriental. La negociación de acuerdos de asociación con América Latina quedaba congelada y el llamado proceso de Barcelona impulsado por España para crear una zona de libre cambio entre el Mediterráneo sur y la UE languidecía falto de resultados concretos. No se trata de una jeremiada, se trata de una queja fundada: la asignación presupuestaria atribuida a la política de vecindad hacia el Sur no se compadece con la importancia de la región ni con el alcance de las aspiraciones declaradas de la UE hacia la misma. Así mientras el gasto europeo de la ayuda europea se reduce a 1,8€ por año y por habitante en Egipto o a 1,7€ en Túnez, en Moldavia el gasto es de 25€.

La globalización y la identificación de una agenda común de interdependencias, y la sofisticación de la acción exterior europea que, más allá del comercio, comenzó a contemplar fenómenos clave para Europa como la inmigración, la energía, el transporte o el medio ambiente, plantearon la necesidad de reconsiderar la política de vecindad Sur, y condujeron a una reformulación del proceso de Barcelona con la creación de una también moribunda Unión por el Mediterráneo impulsada, esta vez, por Francia, -copresidenta, por cierto con Mubarak, de la organización desde su creación-. Moribunda por conservadora y lastrada por la irresolución del conflicto de Oriente Medio que bloquea cualquier intento de diálogo intrarregional en el mismo Mediterráneo Sur.

Las revueltas ciudadanas en los países del Sur del Mediterráneo reclamando libertades, cambio político, prosperidad, inclusión social y expectativas, ponen a la UE frente a  contradicciones insostenibles entre el discurso grandilocuente en materia de democracia y derechos humanos y las políticas concretas que, centradas en los temas económicos y comerciales, han obviado sistemáticamente los elementos políticos y, sobre todo, los sucesos recientes han sentado a la UE frente a la mediocridad de sus logros en relación con esta zona, en la que se trataba de crear un espacio común de paz, estabilidad y prosperidad, sin tener en cuenta que esa aspiración de la UE a la estabilidad de los vecinos es muy inestable si únicamente está garantizada por la naturaleza dictatorial de sus regímenes.

Es, por tanto, el momento de revisar esta política de vecindad y de proponer a cada uno de los vecinos del Sur y a todos ellos en conjunto, una política que incluya en primer lugar y de manera ineludible y efectiva ayuda a la transformación de los modelos  políticos, económicos y sociales, a la reforma de las instituciones, el buen gobierno, el respeto de los valores democráticos y pluralistas, el apoyo a las sociedades civiles con programas concretos en materia de formación y refuerzo de las redes de los actores no estatales. Y también, pero desde el punto de partida anterior, una oferta de diálogo político en cuyo marco se resuelva (no se compre a precio vergonzante) la agenda común: inmigración, lucha contra el crimen organizado y el terrorismo, la seguridad, la energía, etc.

Los vínculos con el Sur del mediterráneo son tan estrechos y tienen tal potencial que a fórmula para el Mediterráneo debería ser similar a las estrategias macro-regionales que ya ha lanzado la UE para el Danubio o el Mar Báltico y coordinar a nivel regional las políticas bilaterales de los Estados miembros de la UE con los de la ribera Sur.

Ayuda en forma de proyectos regionales con un fundamental componente político por una parte, y desde luego, como respuesta a la inadmisible represión sangrienta que está teniendo lugar en Libia, la UE debe perentoriamente decretar sanciones individuales (el 55% del PIB de Libia depende de sus exportaciones a la UE) y promover en Naciones Unidas con una sola voz o con varias pero en todo caso con un solo mensaje, una respuesta  global que no teman incluir el ejercicio de un deber de injerencia humanitaria para proteger a la población de un genocidio que es considerado por el Derecho Internacional, un crimen contra la humanidad que obliga a reaccionar la sociedad internacional en su conjunto y la UE. Es el momento de demostrar que la aspiración a ser un actor global no es retórica.

María Muñiz de Urquiza.

Diputada al Parlamento Europeo del Grupo Socialista. Miembro de la Comisión de Asuntos Exteriores.

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